Recuerdos del mañana

Creo que el título es más largo que el poema en sí….

Es clara la insistencia en crear nuevos mundos, a través de un suspiro mágico , bajo la noche estrellada. Me parece que he visto a los lagos flotar y, que en el cielo, he podido extender mis alas a volar.

Había encontrado el fugaz recuerdo de una vida perdida, que se convirtió en la desdicha de las almas que aguardaban su llegada. Descubrí la luz naciendo de un corazón que dejó de palpitar y que su espíritu, entre las olas, llegó a su nuevo hogar.

La pintura muestra sus colores y el viento las respira, un brillante tono azul sobre el manto de una víbora. Aves que están bebiendo del estanque de un granjero, llevan el mensaje a los hijos del cordero.

Almas misteriosas que huyen de la muerte, sus acciones, casi siempre, van en contra de las leyes; ocultas en las sombras en busca del nirvana, hablan con los animales, reconocen la magia siciliana.

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Belleza

En tus ojos me perdí en miles de ocasiones desde que te conocí, una estela furiosa envuelta en llamas que hizo brillar mi corazón cual faro en medio del oscuro mar, en medio de la nada en una explosión fulminante, una que podría cegar a los mortales indignos de tu absoluta belleza, una que podría alumbrar toda una galaxia, a toda una vida.

Tu sonrisa es la más bella, una curva sensible y perfecta que resalta con el rojo vivo que pintas en ella. Dentadura sin igual, radiante sin dudar; la esencia pura de la paz y la alegría que permites albergar, la cuna innata de la felicidad. Como siempre caí ante ella, me sometí a sus dulces besos y sus tiernas palabras sin pensarlo, fue entonces que comprendí que sólo a tus labios quería abrazar.

Y qué decir de tu figura magistral, que es una obra de arte en toda la extensión de la palabra, la belleza creciente en ella, tallada por los mismos ángeles, deseada con la simple vista humana. Fue tu cuerpo el lienzo en el que quise dibujar, en el que tantos escritos ocuparon por lugar; fue tu cuerpo el templo donde quise vivir, el santuario más hermoso que pudo existir.

Pero no sólo eres la manifestación física que tanto amor me dio, también fuiste la amiga, la hermana, la diosa incansable que tanta armonía me dio. Hoy te veo por la hermosa mujer que llevas dentro de ti, hoy te veo por la magnífica alma que irradia su luz dentro y fuera de ti. Eres la esencia pura de la belleza que viene desde el interior y se expresa en su exterior; eres la razón del amor que puedo sentir ahora… mi fiel compañera y amante, mi diosa del fuego que arde.

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El vagabundo de los sueños

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Caminar sin dirección en la mente puede ser la mayor perdición. Voy por ahí esperando encontrar algo que había extraviado desde hace tiempo, o tal vez fue algo que simplemente olvidé con muchas otras cosas que ya no tienen relevancia para mí. Pero ese algo sí la tiene, ese algo aún está presente y no lo puedo dejar ir, a pesar de que ya lo he olvidado. Bendita redundancia, le has dado sentido a mis vacías palabras.

Estoy dando pasos largos a través de la nebulosa que separa la realidad de los sueños, si en algún lugar pudiera encontrar las respuestas sería ahí, donde sólo yo existo, donde viven los recuerdos, aquel sitio en el que miles de cosas se van creando una tras otra. Siento el palpitar de mi corazón como si alguien llamara a la puerta…”tum tum… tum tum…”. Pausas cortas, emociones fuertes, así es como se percibe la mente. Respiro profundamente, la nebulosa no se termina, y ahora hay tormenta en su interior; hace frío, luego hace calor y, a veces, ni siquiera hace nada, salvo existir, como una paradoja.

Vuelvo a inhalar, el oxígeno llena mis pulmones por cinco segundos, exhalo.

Eran pasadas las tres de la tarde cuando desperté en un bello campo, con mi maleta a un lado y con lágrimas en el rostro. Estaba despidiéndome de personas que jamás creí conocer, mucho menos creí que les llegaría a tener algo de afecto, de otra forma, ¿cómo explicar que no pueda controlar mis lagrimales? En eso vi a una persona a quien no había visto en realidad, o quizá sí, pero no había notado que ahí estaba. No éramos muy distintos, aunque pareciere que sí. No éramos tan iguales, aunque nos gustaría que así fuere. Simplemente éramos, cada quien a su modo, cada quien a su forma, cada quien con sus sueños y esperanzas, y no lo sabíamos… dudo que lo sepamos ahora.

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Me desconecté por un momento, casi pierdo el aliento. De pronto expresé en prosa lo que mi corazón sintió por tan abrumador despertar… es parte de mi inestabilidad mientras compongo canciones o poemas, o cuando intento pensar en el mejor de los cuentos. En ocasiones, si quiero escribir poemas, escribo cuentos; si quiero escribir una novela, me salen rimas. Pero cuando se trata de escribirle a los sueños, ¿qué más da, pues? Que se mezclen las ideas y que las palabras hagan de las suyas, finalmente para eso es que hablamos… así soy yo.

Un sólo parpadeo y ya estoy en otra parte, creo que ahora retrocedí once años, hace un momento sólo fueron cinco o seis, no estoy muy seguro. No obstante, ahora sí lo sé. Once años y un par de meses atrás, cuando era un inocente infante y la vida me daba igual… y ni siquiera lo sabía. En esas fechas recién había llegado a la mitad de mi vida, una que no fuere envidiable, pero fue muy bella con las personas que han formado parte de ella. Aunque no lograba recordar algo en ese momento, como una idea fugaz desvaneciéndose en mi cajita de memorias, que me teletransportaba viejos y nuevos recuerdos, una mezcla total de muchas otras ideas que finalmente no llegaron a ninguna respuesta. Fue entonces que me vi ahí, acostado en el pavimento sobre un charco de sangre, con toda una multitud quitándome el poco oxígeno que necesitaba para respirar. Sólo escuchaba lamentos, gritos y descontrol a mi al rededor, mientras yo simplemente deseaba dormir profundamente.

Abrí los ojos frente a un espejo, el fondo estaba oscuro y yo estaba en medio del reflejo flotando en medio de la nada espacial. Luces crecientes aparecieron en medio de la darkenia (bien darks), comenzando a crear colores y formas diversas, como pequeñas fractales que se dispersan frente a mí en un rayo. La claridad emerge con una estela de luz que viajó por el espacio, de espejo a espejo, dimensión a dimensión.

 

(In)humano

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Veía las estrellas más cerca que nunca, incluso podría decir que acariciaba la luna en este espacio tan inexistente que me está rodeando; el sol sale por uno de los cuadrantes de la galaxia, embelleciendo la corteza terrestre y dejando en penumbra el lado opuesto de la tierra. A lo lejos se alcanzan a ver los planetas que componen nuestro sistema solar, asteroides y cometas resplandecientes que vagan por los confines del universo; agujeros negros que amenazan con absorbernos  y nebulosas míticas creando tormentas en su interior. Mientras, yo, estoy flotando sin saber si regresaré o no, volando en un cielo impredecible que podría destruirme en cuestión de segundos o mandarme a otra dimensión alterna a la que vivo.

Asciendo cada vez más, de paso en paso, como si caminara por una escalera de colores cuyo destino es un incierto placer o sufrimiento. Y el camino se vuelve cada vez más corto, cada vez más pequeño a comparación de mi punto de inicio. Sin darme cuenta llego al final del camino, las luces se apagan de ida y vuelta, sólo permanezco varado en un pequeño rectángulo donde vuelve la misma inexistencia que me atrapó tiempo atrás. Pero hay algo distinto en este vacío, porque no se siente como el vacío en sí, sino como un vacío que se esta llenando de algo que aún desconozco; podrían ser emociones infinitas que he reprimido en mi vida, conocimiento trascendental que he adquirido a través de las experiencias o simplemente podría ser hambre, no lo sé. A final de cuentas sé que hay algo aquí, dentro de mí, que me está hablando desde un susurro hasta un grito desesperado por atención; hay algo aquí, fuera de mí, que me está atrayendo a niveles cósmicos y yo no sé si de verdad estoy preparado. Lo único de lo que estoy seguro, es que no quisiera irme de aquí jamás.

El camino sigue oscuro, muy silencioso, tranquilo y, a la vez, demasiado brillante, ruidoso e inquieto, como la mente de un niño que va creciendo a la adolescencia para después convertirse involuntariamente en un adulto. Me comienzo a relajar a la par que controlo mis sentimientos de perdición y dolor, dejando fluir aquellas de felicidad y amor puro. Ahora he descubierto que, la felicidad es efímera, por lo cual hay que disfrutarla como si fuera el último día de vida… en cambio, los malos momentos jamás se irán, y se presentarán de una forma distinta en cada ocasión, depende de nosotros si nos aferramos al martirio o si lo dejamos fluir como todo lo demás, aprendiendo de ello y aceptando nuestra humanidad.

 

Tomo asiento, me doy cuenta que el camino siempre fue una montaña que se iba elevando conforme encontraba mis sueños más profundos y los dejaba expresarse; cada partícula de mi cuerpo halló la paz y la ascensión para algo mucho mayor de lo que mis pensamientos me permiten imaginar; frente a mí emerge el mar, el más quieto de los mares invitando a mi cuerpo a sumergirse dentro de él; no es cálido ni muy frío, simplemente es agua que se adapta a mí, que fluye hacia mí, entonces me dejo llevar por su calma y, finalmente, encuentro la respuesta que tanto buscaba. Cierro mis ojos y veo a Dios hablarme: “aquí estás; aquí estoy; aquí estamos”.

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Estoy cayendo a toda velocidad, como una estrella fugaz que parte el cielo a mitad de la noche; miro las nebulosas, los planetas, la luna, y todo se está alejando, ¿o sería que soy yo quien se aleja de todo? No, eso no es lo que entendí. Estoy regresando a mi casa, a mi hogar, viniendo del mismo hogar que encontré. Es algo confuso, pero nada más importa ahora.

Entro a la atmósfera, el espacio oscuro se volvió al firmamento azul claro cubierto por ligeros algodones a los que llaman nubes; la caída pasó de ser fugaz y extravagante a ser un alivio y total templanza. Entonces despierto de golpe en mi cama, con el corazón saliéndome del pecho y la respiración agitada como si corriera cien kilómetros en cinco minutos o menos. Me aferro a las cobijas, no quisiera caer en el piso… es así como se siente, ¿no lo crees? Pero no siempre lo recordamos, hasta que…

El señor de la Luna

Parte I – Gaia

Déjame aclararte algo antes iniciar esta historia… ver más allá de las cosas te puede volver un lunático sin salida, y si regresas, algo se habrá transformado dentro de ti.

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La vida empezó igual que la magia, en un parpadeo fugaz con destellos adornando el espectáculo que estaba por venir; con ella nacieron miles de millones de sueños que le dieron luz a las estrellas que decoran al universo, algunos de estos deseos eran muy grandes, otros, a comparación, muy pequeños. Había de distintos colores, todos con tonos muy llamativos y hermosos a la vista, aunque no todos podían verlos con tanta facilidad, pero muy pronto lo fueron haciendo, al igual que nosotros, sólo necesitaban tiempo para lograrlo. El tamaño, forma y color no importaban en los más mínimo, pues todos tenían la misma esencia e iluminaban su sector sin cesar. La magia en ello era inconfundible, una energía llena de amor y paz que voló por los confines del universo hasta crear los mundos en donde pudieran vivir, lugares donde lo que era arriba, era igual a lo que es abajo.

La tierra, nuestro hogar, ha existido miles de veces en varias formas, la han habitado seres muy distintos a nosotros. Se mencionan dinosaurios en la ciencia, criaturas gigantes y fantásticas en alguna que otra historia mitológica, inclusive se han dado a conocer personas mismas que contienen un gran poder dentro de sí, y que eran capaces de manipular la energía interior a su voluntad… como siempre, algunos la ocuparon para el bien, pero otros la ocuparon para el mal.

Aquellas civilizaciones encontraron la manera de contactar con entidades semejantes a ellos, sólo que con algo diferente, algo que los habitantes del planeta no habían conocido todavía. Al verlos por primera vez los supusieron como seres superiores, maestros ascendidos que comenzaron a ocultarse entre los humanos para dar enseñanzas y guiarlos en su camino a la libertad. Los pobladores le seguían fielmente, gracias al gran destello que sus corazones irradiaban y a la gran bondad y amor con la que vivían, hasta que una guerra desató el caos a niveles cósmicos.

Seres de otras galaxias y constelaciones, que se llenaron de celos al ver la gran amistad entre los dioses y humanos, invadieron el planeta sin mostrar piedad ante los habitantes. Hombres, mujeres, niños y niñas, nadie lo vio venir, y nadie supo qué hacer para sobrevivir. Los terranos hicieron lo posible por defenderse, pero su tecnología no se comparaba con la de otras razas intergalácticas, quienes acabaron con todos los humanos a su paso. Cayeron augurios terribles sobre los pequeños grupos de sobrevivientes, como una lluvia ácida que nunca parecía cesar, pero no todo iba a terminar ahí, todavía quedaban más atrocidades por proclamarse en la tierra para derrocar la poca libertad que existía y eliminar por completo la esperanza de las contadas almas.

Los dioses protegieron por milenios el sagrado lazo de los infinitos universos, guiaban y estudiaban a todas las pequeñas formas de vida, pero la tierra fue un caso distinto. No se trataba solamente del conocimiento, sino de algo más. Ahí encontraron un amor tan fuerte que incluso, estos entes, se descuidaron a sí mismos… Después del choque intergaláctico, decidieron crear un pacto que habría de separar la divinidad de la mortalidad, dejando que los humanos se consumieran en su propia destrucción. Finalmente, sólo quedó un pareja con vida.

El hombre, tras haber librado una gran batalla y sobrevivido a ella, se refugió junto a su mujer esperanzado de que todo terminara. Los minutos parecían años para ellos, sabían que en cualquier instante la vida en la tierra se acabaría, y que su gran sueño de trascender en el cosmos terminaría por morir junto con ellos. Sin embargo, en un intento desesperado, la mujer se levantó en alto y salió directamente a enfrentar ella sola a estas razas; envuelta con su gran amor por la vida, la tierra le otorgó el más preciado de los regalos y el gran calor que brotó de su corazón regresó a la normalidad los valles y montañas que habían sido destruidos; las imponentes armas que se usaron perdieron su poder y fueron obsoletas en cuestión de segundos… la guerra finalizó acordando que ningún ser extraterrestre regresaría jamás a la tierra, ni que se haría contacto con los habitantes, después de todo, ya no quedaba nadie con quien hacerlo.

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Los maestros ascendidos, quienes se habían decepcionado por la furia con la que se libró el batallón, y con gran tristeza por el sacrificio, le concedieron a la dama la vida eterna, siendo la diosa de la tierra a quien después denominarían como Gaia, la madre tierra. Sin embargo, su cuerpo se sumergió dentro de sí misma, convirtiéndose en el núcleo que hoy le daría vida a nuestro hogar. Por su parte, el hombre, con un inmenso dolor y pena, blasfemó en contra de los dioses por su abandono y decidió continuar con su vida, hasta que la muerte le alcanzara y se pudiera reunir con su amada. Pero…

Enamorado

Me había enamorado, ¿cómo lo puedo negar? Aunque no era un enamoramiento normal, no de esos en los que tu mente se ve aferrada al recuerdo que creas día con día, noche tras noche. No se trataba de un enamoramiento en el que mis piernas tiemblan cuando la veo llegar, o de esos en los que pierdo la cordura y la razón con tal de verle enamorada de mí. Me había enamorado, ¿cómo lo puedo negar?… pero no es un enamoramiento casual, ni siquiera es un enamoramiento formal. Simplemente me había enamorado.pexels-photo-236287.jpeg